• Diego Marqueta

Ápeiron


En el siglo VI a.C. Anaximandro de Mileto se sacó de la manga el Principio del origen (Arché) de todas las cosas. Aunque Jordi Hurtado ya tenía entonces algo que decir al respecto. Dicho Principio se regía por lo «indefinido», lo «ilimitado»: lo "Ápeiron". Algo infinito que ni es un elemento (aire, agua, tierra o fuego) ni posee forma. Todo el cosmos empieza, crece y acaba con él. Yo hasta hace poco pensaba que eso era el Hornazo de Salamanca, que es como la empanada gallega pero con usos estructurales: relleno de embutido hasta conferirle una rigidez que no hay tensión de von Mises que lo despeine. El tiempo promedio para digerir una ración de hornazo se estima en unos 3 años, en intestinos debidamente entrenados. El caso es que Teofrasto (que en griego debe significar algo divertido, pues es el mote que le puso su amigo Aristóteles por su ingenio) decía que Anaximandro era un tío observador y que fue el primero en llamar «mundo» al universo. Así que asumamos que no es el Hornazo sino «Ápeiron» ese principio constitutivo de todo. El «Ápeiron», al contar historias, es siempre el público. Da igual el artista en quien pienses, su estilo, su disciplina, su personalidad… Cuando están en un escenario ninguno se la juega: todos lo afirman antes durante y después del espectáculo. El público lo es todo. Lo dicen por activa y por pasiva: agradeciendo, reconociendo, saludando… Ninguno se salta este detalle. El público lo es todo. Sin él, adiós muy buenas. Y aquí es donde se empieza a ver los destellos. De la misma manera en que Isócrates definió la Retórica como «hacer grande lo pequeño y pequeño lo grande». Como bien saben los artistas del bisturí por una parte… y los de Pfizer con la Viagra, antes de la vacuna del COVID. Mis lectores de edad más avanzada seguramente lo corroboráis sin paliativos. Por eso hay gente a la que un Powerpoint le queda como a un Cristo dos pistolas. Porque esa gente no sabe convivir con ello. De nada sirve una narrativa bien planteada si luego no te desenvuelves con soltura. Hay casos en que parece que ha enfermado la persona que iba a exponer la presentación y han sacado a la persona de recambio que no sabe ni por dónde va la película, mirando las diapositivas por encima de las gafas y poniendo hocico de conejillo. La oportunidad está en hacer que la Historia haga que los oyentes de una pequeña sala se sientan en el Madison Square Garden. O que el auditorio de un gran teatro se sienta con la complicidad de una pequeña sala de barrio. Esto se logra no esperando a que haya una ocasión especial para ofrecer una gran presentación. Porque el Ápeiron del público siempre está ahí. Y ellos serán los primeros (gratamente) sorprendidos cuando vivan una gran experiencia con una historia bien contada. Especialmente en un momento en que nadie se esperaba nada especial. Por eso siempre sostengo que cuanto más especial sea la situación, menos especial debe ser el vino. Y viceversa.

  • Que en una situación inesperada, el protagonismo se lo lleven el color, olor, sabor del vino. Que se detenga el mundo y hablar de cada sensación que nos transmite ese ser vivo que es el vino. Sentir el trasegar del vino por el matraz hasta la copa y de ahí al gaznate.

  • Y al contrario: en una ocasión especial para celebrar, momento en que una persona quiere compartir con nosotros algo importante, renunciar a esa botella especial. Para que el protagonismo lo tenga la persona a la que deseamos escuchar. Porque entre el vino y al persona, nos quedamos con al persona (ejem, bueno, depende).

Por eso mismo, cuanto más importante es lo que tengo que decir en una presentación, menos elementos de distracción. Los momentos más potentes los acompaño de una diapositiva vacía con color de fondo: negro. Porque igual que el silencio es una frase que no suena, esa diapositiva convierte lo pequeño en grande. Y sin pastillas azules.

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