• Diego Marqueta

πρόσωπον (Prósopon).


Mi amigo Álex había estado toda una mañana reunido con unas personas a quienes no conocía de antes. Que una reunión dure más de 20 minutos es para preocuparse. A no ser que sea la excusa perfecta para la comilona posterior. –«Oye, fue quitarnos las mascarillas para comer y quedarnos todos asombrados por las caras reales». Un año después de ir todos con mascarillas por la calle (=canturreando sin que nadie se entere), pues esto no es nada nuevo.

Hace unos años se ponía en las fotos una ingenua tira negra sobre los ojos de personas cuya identidad había que preservar.

Después pasamos al pixelado, cuya supresión confirmaba el paso de niña a mujer en las revistas del corazón (sin llegar a perpetrar titulares bestias como el de llamar en un medio mejicano «cancha reglamentaria» a la mayoría de edad de la hija de un futbolista). Hoy sabemos que lo que distorsiona o re-significa nuestro rostro es la mascarilla. O el verduguillo que usan determinados equipos de Seguridad del Estado. Ejemplo de cine: la cara que ponemos cuando Luke Skywalker le extrae la máscara a Darth Vader al final de «El Retorno del Jedi». (¿Y éste es el mega-villano que asfixiaba a distancia? - George Lucas se la coló al auténtico actor real David Prowse colocando la cara de Sebastian Shaw para esta escena). πρόσωπον (Prósopon).

Lo de siempre: todo viene de los clásicos. El término romanizado prósōpon («prósopon») es la máscara que usaba el personaje en la representaciones teatrales en la Grecia Clásica. La que siempre llevas por delante y que define al personaje que representas. Bien gestionado, acompasando adecuadamente esa máscara y lo que cuentas, logras resultados potentes al contar historias. Cuando conoces bien y narras de corazón la historia que has confeccionado. Cuando tú y tus palabras vais un segundo por delante de tus diapositivas al proyectarlas. Un recurso con el que logras 3 efectos:

  1. Mantener atención. El público siempre presta más atención a lo visual que a lo auditivo. Es preferible empezar a hablar de un nuevo punto y después mostrarlo (diapositiva), en vez de proyectar ese nuevo punto pero seguir recitando el anterior (generaríamos una incómoda disonancia). Por eso los montadores de películas usan a menudo el «encabalgamiento»: que suene durante un par de segundos la escena siguiente y después aparezca la imagen de esa escena.

  2. La elegancia de quien domina el terreno. Evitando obedecer con tus palabras a lo que sale en pantalla (horroroso estar girándote para "consultar"). Sino que lo que se proyecta es una consecuencia natural, fluida y armoniosa de la historia que estás contando. Actúa como si en realidad no existiera un PowerPoint ahí detrás. De la manera en que Yves Saint Laurent definía la elegancia: «olvidarse de lo que uno lleva puesto».

  3. Agilidad. Cuando tu personaje (máscara) va por delante de las diapositivas, induces una sensación (ilusoria) de que vas tan ligero que en cualquier momento se va a acabar tu presentación. Y cuando logras ese estado en que cada cosa que dices parece que es el final, mantienes la atención de la gente como si fueras el Spielberg de las presentaciones.

No nos engañamos, por muy auténticos que sinceramente nos sintamos, siempre llevamos puesta esa máscara. Empieza en la camiseta o calzado que eliges ese día para ponerte. Aunque seas la última persona de la Tierra. Quieres modelar el diálogo que estableces. Aun contigo mismo. Por algo la máscara «prósopon» derivó en el latín «personare». Exacto. «Persona».

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