• Diego Marqueta

Atiza


No conozco mejor manera de estimular la creatividad que sintiendo cómo una tiza o una mina de lápiz se van deshaciendo sobre un papel.

Aunque existen cantidad de artefactos electrónicos con aplicaciones dedicadas (en su momento, cuando el mercado de appsno era el coloso actual, me dediqué a probar cuantas iban saliendo), nunca nada sustituye al papel. Cuando la tiza o la mina se deshacen sobre la superficie, el cerebro admite que hay un proceso psicomotriz para la generación de ideas. Ese acto orgánico (he dicho orgánico) de una mina gastando material en favor de las ideas, lleva al cerebro a interpretar que la parte motriz ya funciona. Y por tanto asume que debe producir ideas. Al fin y al cabo, nuestro cerebro lo que busca siempre es coherencia y una explicación que consuma el mínimo de energía. Ello lleva a estados mentales con niveles reducidos de noradrenalina, lo cual incentiva el pensamiento asociativo y convergente (propio de las redes altamente distribuidas o «creativas»). Como todo el mundo sabe, naturalmente. En general me gustan los lápices. La manera en que, afilados y alineados sobre la mesa, se convierten en la munición definitiva: las ideas. Hemingway afirmaba que un buen día de trabajo eran 4 lápices gastados. Se ve que no sufrió los cuelgues y la irracional gestión de formatos de MS Word.

Y me gustan en especial los lápices negros, entre ellos los Blackwing 602. Qué le vamos a hacer. Quizá me influyó Chuck Jones (los usó para crear a Bugs Bunny): «Un bolígrafo está lleno de tinta, pero el Blackwing está lleno de ideas».

Y aunque tengo preparados mi cursos de Presentaciones casi al milímetro (o al píxel, según se mire), siempre hay momento para ir a la pizarra (casi reducida al ámbito Universidades) o al rotafolio (más de empresa). Además, la pizarra es una buena tabla de salvación: aquella a la que aferrarse, tiza en mano, girando lenta y dignamente el cuerpo y seguir explicando como si aquí «no ha pasado nada» cuando alguien de la clase suelta una perla que deja boquiabierta al resto de la clase. Como aquella participante en mi curso a la que, tras emitir un notable bostezo (quiero pensar que por puro efecto de la digestión), hice saber que me había dado cuenta: –«Señorita, que le he visto hasta los calcetines». –Ella, muy fijamente: «Pues hoy no llevo».

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