• Diego Marqueta

Ese momento que lo define todo

Hoy quiero recordarte (no informarte, pues seguro que ya lo sabes) que cualquiera que sea la presentación que estés preparando, seguro que puedes encontrar ese punto de magia que en 3 ó 4 minutos lo explique todo. Igual que sucede con esa escena de una película, un par de compases en una partitura o a veces una mirada sonriente mantenida. En la TV

En la aclamada secuencia de «UP» (Pixar) de escasos 5 minutos, Carl & Ellie muestran, con sólo música de fondo, la historia de su vida en común. Una película dentro de otra película. O en los míticos 4 minutos del episodio piloto de Miami Vice: Crockett descubre que quien ha vendido a los narcos la lista de agentes infiltrados es su propio amigo. Para poder pagar el tratamiento médico de su hijo discapacitado. Acto seguido, Crockett continúa conduciendo con Tubbs hacia la redada donde le esperan los de las Fuerzas Especiales. Pero antes se detiene en una cabina telefónica para llamar a su ex-mujer. Sólo para saber si lo suyo fue auténtico mientras estuvieron juntos.


Miami Vice. Sobran las palabras

Hay consenso en que no sólo esos 4 minutos son los mejores de todas las 5 temporadas de la serie: se estaba definiendo un estilo de televisión en que los silencios pesaban tanto como el diálogo. Los personajes también eran los coches, el vestuario, la música y la ciudad (esa conducción nocturna por Biscayne Boulevard hasta Watson Island… ojito a los planos a ras de personaje, conduciendo sin techo, con los micros captando el diálogo, pero en vez de sonido del aire, la música de Phil Collins - yo mismo recreé esa ruta hace unos años descapotado en plena noche por Miami).


Todos nos hemos creído alguna vez Sonny Crockett. Foto tomada en Watson Island - Miami Vice (exactamente donde pusieron la cabina telefónica para el decorado de la escena que os cuento. Pillé un Mustang, a falta de Ferrari Daytona negro (desde la temporada 3 la temporada era un Testarossa blanco).

En el escenario Si has asistido a alguna de mis charlas o cursos, seguramente te lo haya contado, cuando plasmo en 3 minutos la manera en que entendí con 13 años que todo gran proyecto, como toda gran presentación, empieza con un papel en blanco. Puede ser una casa para un campesino o una rehabilitación en pleno centro histórico de la ciudad. En la vida Porque a veces ese momento que lo define todo te sucede en tu propia vida. Para quienes me concedéis el regalo de vuestro tiempo leyendo mis textos, nunca escatimo en alcance de mis reflexiones. Lo que son las cosas, yo me despedí de mi padre un domingo por la noche, tras su regreso a casa desde el despacho: enmarcando su figura en la puerta de mi habitación al inclinar su cuerpo bajo el dintel, apoyar las manos sobre las jambas y sin traspasar su pies el umbral. Yo giré mi cuerpo, con la mano derecha agarrando el boli con el que resolvía unos ejercicios de la asignatura de Ecuaciones Diferenciales. A partir de ahí, el puente con mayor luz en las miradas y, paradójicamente, con menor luz (estructural). Arquitecto consumado frente a futuro ingeniero. Padre frente a hijo. Si hubiera una foto de ese instante, se cumplirían todas las reglas fotográficas: diagonal de miradas, contraste de figuras y en sus ejes, cuerpos inscritos en espiral de Fibonacci y labios dibujando sonrisas como curvas de Bézier. Al cabo de 6-8 segundos sosteniéndonos, aquel sencillo «Qué tal». Lo que pasa es que nadie en el mundo te lo preguntaba como lo hacía él. Podía haber sido una basura de día, que él lo arreglaba con esa pregunta. Tras 24 años, sigo pensando que el cabrón ya sabía todo lo que sucedería minutos después. Como que pondrían «Romeo and Juliet» (Dire Straits) en la radio. Quizá esto explica por qué me encanta ver siempre tu sonrisa cuando participas en mi taller de presentaciones: ese momento en que juntos definimos el punto de magia de tu proyecto.

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