• Diego Marqueta

Nadie llama

Actualizado: mar 26

Cuando vences ese temor a ser rechazado y coges el teléfono, estás a un paso de conseguir cosas maravillosas.


Me llamaba la atención que reconocidos conferenciantes ponían en la diapositiva final su número de teléfono.

En cierta ocasión llamé a uno de ellos para progresar una idea. -«Con el número tan expuesto: ¿no te trituran a llamadas?» - pregunté. -«En absoluto. Unos pocos se lo guardan. De esos pocos, algunos se acuerdan de tenerlo. Sólo contadas excepciones vencen su timidez y llaman».

-«Que esta noche llegaré tarde...» (1981: apuntando maneras).

Como con el listín del colegio hace 30 años, en que salían los números de teléfono y domicilio de todos los compañeros (a los de la LOPD les daría un síncope). Llamabas a casa de esa persona, ponías tu voz más educada para que el padre te diera acceso (telefónico) a su hija. ¿Por qué lo hacías? Porque lo considerabas (era) la única manera. Lo mismo que contaba Steve Jobs en 1994: Con 12 años cogió el listín telefónico y llamó directamente a casa de Bill Hewlett (co-fundador de HP). Jobs quería que le prestara repuestos y montar su propio frecuencímetro. Hewlett reaccionó:

  1. riéndose;

  2. suministrándole el material que pedía;

  3. facilitándole prácticas de verano en la línea de montaje de HP donde se fabricaban esos aparatos.

Como tengo la política personal de abrirme sin tapujos en estos textos, os sugiero que no os cortéis. Que dentro de un orden y con sensatez, llaméis. Que cuando pides ayuda y hablas con honestidad, la gente responde. Pero implica romper esa gran temor (es sencillamente ego) de sentirte rechazado. Y si eso sucede, pues al colgar te vas sin llevarte algo que no tenías antes de llamar. También tengo la política profesional de no mencionar qué proyectos hago para mis clientes. (A lo sumo, alguna respuesta a menciones que el cliente me haga en LinkedIn). Pero algunas de mis experiencias profesionales más exóticas y satisfactorias han sido así. Sencillamente por haberle llamado. Que fluya la comunicación. Cualquier escuela de negocios del mundo habría ofrecido un cheque en blanco por ponerse en mi piel en alguna de esas experiencias. Los que habéis asistido a mis charlas y cursos sabéis que también pongo mi contacto al final. Y como es de esperar, sí, recibo e-mails. Pero gente que se anime a llamar, poquísima. Y cuando eso sucede, es porque al otro lado hay alguien que:

  1. ha superado su barrera personal;

  2. admite que necesita ayuda con su presentación;

  3. considera que en ese importante reto, soy alguien que puede ayudarle.

Sólo por eso, me tomo esa llamada como una mini-sesión de consultoría que corre de mi cuenta. Especialmente destacable cuando la persona que me llama es estudiante: -«Dime cuáles son tus tarifas, porque me temo que no tengo presupuesto para pagarte». -«Llamándome, ya lo has hecho».

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