• Diego Marqueta

«Respira... Solamente respira».

Actualizado: feb 27

(Luke Skywalker en «Star Wars: Episodio VIII - Los Últimos Jedi».

Rian Johnson, 2017).


Respira... Sólo respira. Otro día pondremos al Sr. Miyag:i «Dar cera - pulir cera»

Si lo dijo Luke, algo de razón habrá en ello. Necesitamos transmitir con naturalidad y no simplemente «hacer una presentación». Para ello tenemos que anticiparnos a las trampas que nuestras emociones nos tienen preparadas. Es decir: nos vamos a poner nerviosos.


Recuerda algún documental que hayas visto sobre las giras de conciertos de tu grupo musical favorito. Esas escenas en blanco y negro antes de salir al escenario. ¿Qué hacen? (en un curso un alumno me respondió «¡Pues meterse de todo!»"). Saltan, se mueven, se abrazan. Activan su cuerpo. Respiran. Me refiero a cargar bien los pulmones. Como cuando dejas el móvil toda la noche cargando para asegurarte que durante el día lo tienes disponible. Hoy ya damos gracias si dura media jornada. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Cada pulmón de una persona adulta tiene una capacidad de unos 4.5 litros. Respirar es una herramienta fundamental para hacer una presentación. Más que tener un Powerpoint chulo o un puntero láser molón.

Para hablar a fondo sobre respiración, consulta a expertos en Yoga, Pilates o Canto Coral. Pero te daré un truco que yo practico siempre. Sigue estos pasos, permaneciendo de pie, justo antes de empezar tu exposición:


1. Bebe agua. Es la manera de decirle a tu cerebro reptiliano que «no hay peligro». Los animales, antes de beber agua en entorno hostil, miran a ambos lados para asegurarse de que no hay peligro. Tu cerebro reptiliano gobierna el 90% de las acciones que haces, de las cuales, naturalmente, no eres consciente. Al beber, le estás transmitiendo a dicho cerebro que no hay peligro. Porque vamos a ser claros: yo me dedico a ayudar a profesionales para que hagan las mejores presentaciones del mundo. Pero nadie va a morir por una mala presentación. Así que en el peor-peor de los casos, tampoco va a pasar nada.

2. Sonríe. Aunque no tengas ganas. Es lo de menos. Sigue engañando a tu cerebro. Al fin y al cabo, éste se pega la vida engañándote a diario. Si alguna vez te casaste, ya sabes de qué hablo. Ahora piensa en alguien que te gustaría que estuviese ahí viéndote. Alguien que, si te preguntasen qué espectador único te gustaría tener, aún siendo imposible, fuera esa persona. Exacto, me has entendido. Esa persona.

3. Cierra los ojos. Llena tus pulmones. Yérguete aún más. Sí, es sorprendente la cantidad de aire que puede entrar en los pulmones si te pones a hacerlo conscientemente. Siente que bajo tus maxilares se hincha la clavícula como si fuera aquellas «Reebok Pump» de los '90. Si las tuviste de adolescente, es que eras un pijo redomado al que sus padres le consentían cualquier capricho. Ya te vale. ¿Consideraste trabajar para pagar las 18.000 pelas que costaban? Eso sí, en la pista quedaban muy molonas. Y encimas bebías Aquarius en los tiempos muertos para que todos vieran que lo dabas todo en la pista. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Pues eso. Pump up the jam.

4. Suelta el aire lentamente. Si eres el de las Reebok Pump, sigue manteniendo el aire y puedes dejar de leer.

5. Vuelve a inspirar. Ahora ya sabemos cuánto aire nos cabe en los pulmones. Así que ahora procederemos de manera táctica. Adquiere esa cantidad de aire de manera constante durante 5 segundos. Visualiza cómo entra de color azul. Aire que entra limpio.

6. Mantén el aire en tus pulmones durante otros 5 segundos. Favorece el intercambio de oxígeno en tus alveolos. Visualiza cómo ese azul se va volviendo púrpura hasta tornarse rojo.

7. Suelta el aire durante otros 5 segundos. Visualiza cómo sale ya de color rojo. Aire que sale lleno de tu dióxido de carbono. Sé consciente de que tus pulmones se han renovado.


Haz este proceso 2 ó 3 veces. Luego abre los ojos. Es biológicamente imposible que estés nervioso. A ver, aunque sea obvio, pero por si acaso: esto se hace en el baño o una habitación al lado. No se hace cuando ya estás delante de la gente, porque a lo mejor alguno se asusta, llama al 112 o a un exorcista. Dicho queda.


A lo mejor en un par de minutos vuelve a entrarte el «baile de San Vito». Pero ya da igual porque habrás empezado tu presentación y ya estarás metido en harina. Al fin y al cabo, lo más complicado es empezar la presentación. Y saber terminarla. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


Si has llegado hasta aquí y has leído «Momo» (Michael Ende, 1973, seis años antes de «La Historia Interminable»), habrás percibido un par de guiños a dicha novela. Uno de ellos es a la manera en que el barrendero Beppo se disponía a barrer la calle, que era su pasión. «Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí Después proseguía paso-inspiración-barrida (…) Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente».


El segundo guiño es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

0 vistas
  • Canal YouTube De Diego Marqueta
  • Instagram de Diego Marqueta
  • Perfil LinkedIn De Diego Marqueta
Acceder al blog de Diego Marqueta

Contenidos y fotos web © 2019 Diego Marqueta.

Diseño web: Rosa Triay